Una historia de terror y amor

Un desarrollo industrial es uno de los lugares para trabajar con horario nocturno más terroríficos que pueden existir, claro que no supera a los panteones u hospitales, pero podría entrar sin problemas en el Top 10 o 5, pues en estos sitios, que son inmensamente grandes, se pueden escuchar ruidos extraños provenientes generalmente de las máquinas, si una pieza se cae crea un sonido estruendoso, además de que muchas veces se cuentan historias de terror cuando algún trabajador murió en el inmueble, así comienzan a decir que se aparece a tales horas, que se le puede escuchar trabajando, etc.

Yo laboro en uno de los desarrollos industriales más fructíferos del suroeste de la República Mexicana, entré como cuidador 24 horas por 24 horas. Nunca me había pasado nada extraño fuera de los sonidos que suelen hacer las máquinas cuando están trabajando, cuando se encienden solas al dejarlas programadas o, como les dije, cuando una pieza grande o pequeña cae al suelo y suena como el metal golpeando la acera, pero con un eco que da un poco de miedo. Pero todo eso cambió cuando entro un velador, quien sólo iba a estar de la media noche a las 6 de la mañana monitoreando las máquinas. Las primeras semanas fueron normales, pero de un día para otro me empezó a preguntar si conocía a una chica de pelo negro, con rímel muy marcado, sombras oscuras y que venía con un blusón blanco y largo. Supuse que se refería a una de las trabajadoras y le dije que no, no conocía a nadie con esa descripción. “Creo que es linda”, me dijo. “A la otra le pido que nos tomemos una foto y te la enseño”, añadió. Era extraño que un velador tuviera ese contacto con una de las trabajadoras de la mañana. Nunca recordé que los empleados entran a trabajar de las siete de la mañana en adelante.

Cuando ya llevaba casi dos meses, el nuevo velador me dijo: “Mira, mira, ya nos sacamos una foto juntos”. Me mostró su celular y sólo aparecía él. Creí que era una broma, le dije que no se veía nada, que sólo aparecía él. Vio la fotografía y se percató que en realidad no había nada. “Supongo que la cámara falló”, argumentó tras ver la fotografía. Esa noche decidí seguirlo y observar cada uno de sus movimientos. Cuando empezó a caminar hacia una de las máquinas, lo seguí. Me escondí detrás de una gran bomba de agua y escuché que empezó a hablar. Le decía a alguien que la foto había salido mal, entonces asomé la cabeza y lo vi hablando solo. Volví a ocultarme y me petrifiqué, sentí un terrible frío recorriéndome el cuerpo. Respiré hondo y exhalé antes de volver a asomarme. Como si fuera una película de terror, lo primero que vi frente a mi cara, fue el rostro de la mujer que me había descrito. Grité y me regresé a mi lugar. Sudando frío. Con el corazón acelerado. No volví a seguirlo jamás, pues él seguía viéndola, según habían iniciado una relación. No sé si tenía problemas mentales, pero no le dije nada, a nadie.

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