Cuidado con los piquetes que parecen insignificantes

Seguramente alguna vez has sentido un piquete en alguna parte del cuerpo, y no estoy hablando en doble sentido, sino que literalmente sentiste una punzada en el abdomen, el pecho, la cabeza, las espalda baja, etc., y decidiste dejarlo pasar. Muchas veces no es algo que pase a mayores y puedes seguir tu vida con tranquilidad, así le hacía yo, pero estos piquetes pueden ser recurrentes y fungen como alarmas del cuerpo para avisarte que algo no anda bien, por lo que te recomiendo que si ya es seguido la veces que sientes un piquete en una parte en específico, acudas al médico para que te revise y no te suceda lo mismo que a mí.

Desde hace unos meses comencé a sentir una ligera punzada en la zona lumbar, a veces era de lado derecho y otras de lado izquierdo, más o menos donde se encuentran los riñones. Siempre tenía un motivo para que me dieran esos dolores. “Quizá dormí chueco”, “Hice demasiado ejercicio en el gimnasio”, “Fue por estar mucho tiempo sentado en el trabajo”, etc. Pero el dolor empezó a ser más fuerte y de mayor duración conforme transcurría el tiempo, no tanto para detener mis actividades, pero ya era algo molesto, que incluso me hacía expresar algún monosílabo de dolor y después algún suspiro cuando ya pasaba. Pese a eso, decidí dejarlo pasar, no me atendí, pues no creía que fuera algo de mis órganos, sino que era muscular, así que solo tomaba o me untaba algún desinflamatorio. Pero cuando dejas que las enfermedades tomen fuerza dentro de tu cuerpo, llegará el momento en el que hará erupción como un volcán furioso y te dejará sin posibilidad de levantarte ti mismo.

Una mañana decidí no ir al gimnasio porque hacía demasiado frío y me quedé dormido un par de horas más, después me desperté y me metí a bañar. Al salir de la ducha un frío recorrió mi espalda antes de que el dolor me invadiera. Sentí como si me estuvieran clavando una espada en el centro de mi espalda, que me atravesaba los intestinos y enviaba las ondas de dolor hacía los costados, mis riñones parecían que iban a explotar ante esta onda expansiva, incluso la cabeza comenzó a dolerme. Así que me llevaron de emergencia a un hospital.

Al llegar al nosocomio, un médico me atendió, revisó mis signos vitales y palpó la zona de dolor. De inmediato supo que algo andaba mal en mis riñones, me dio una pastilla para el dolor y me envió a realizarme unos estudios de laboratorio, más que para confirmar su diagnóstico, para conocer la gravedad del padecimiento. Resulta que tenía una infección severa en uno de mis riñones y que el otro empezaba a afectarse por el tiempo que había dejado pasar sin atenderme. Los medicamentos por si solos no iban a tener el efecto deseado, por lo que debían intervenirme quirúrgicamente para conocer si había algún tipo de tumor que fuera el causante de esto y aprovechar para inyectar la medicina directo en el riñón. Hoy, gracias a Dios, estoy recuperándome satisfactoriamente, no era ningún tipo de cáncer y con medicamentos he logrado mejorar.

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